Ocaña es un nuevo café-restaurante de la ciudad condal, que recibe este nombre en honor al transgresor José Pérez Ocaña, quien vivió 12 años en la finca vecina ubicada en la Plaza Real.
Lo curioso de este local de 1200 m2 es que tras ocho años de reformas, finalmente ha sido restaurado recuperando su esplendor con muchos de sus elementos intactos. Principalmente porque su propietaria Joaquina Laguna – a su vez propietaria de El Plata, famoso cabaret de Zaragoza, que cuenta con la dirección artística de Bigas Luna – quería que la gente de Barcelona volviese a pasear por esta plaza tan emblemática tras la decadencia en la que entró en los años 80. Por ello, durante el proceso de la obra se buscó ensalzar su original y evocador interior de la belle époque a través de pilares dorados, suelos de parquet de madera noble y muebles de estanterías de los años 30.

Lo cierto es que el Ocaña destaca por sus detalles. Aquí nada es casual y todos los elementos que conforman este templo culinario tienen una historia… Un buen ejemplo son los fantásticos bancos dispuestos alrededor del atrio del restaurante, los cuales provienen de un teatro de una compañía amateur de un pueblo de Westendorf. Mientras que el pavimento de madera del exterior de la cocina fue recuperado de una iglesia del siglo XVI cerca de León.
Asimismo, su espacio más teatral es la Apotheke cocktail bar, la cual está decorada con una serie de paneles tallados y pintados que evocan a interiores islámicos. De hecho estos fueron recuperados de una farmacia de Vitoria (País Vasco).
Respecto a su cocina, el chef Jordi Angli – quien se formó en la escuela de hostelería Hoffman y quien durante últimos años ha sido el chef ejecutivo del Grupo Ferré, que regenta L’Auca, Sumoll y el Quatre Gats. Es coautor de “La cuina de la Boqueria”, libro sobre recetas sencillas aportadas por las paradas - y Tara Stevens, una escritora especializada en blogs de gastronomía, son los responsables de los deliciosos platos que se sirven en el Ocaña. Todos ellos son frescos, actuales y saludables, y se basan en productos locales, pero inspirados en lugares como París o Tel Aviv para darle una nueva dimensión. Entre sus especialidades sobresale la versión actualizada del Suquet (guiso de pescado catalán) hecho con guisantes en lugar de patatas, el “shakshuka” (inspirado en los huevos escalfados en salsa de tomate de Israel) y el delicioso steak madurado durante 21 días.
Ahora ya lo sabéis, si estáis en Barcelona y buscáis un lugar diferente en el que desayunar, tomar un aperitivo, almorzar, merendar, cenar o tomar copas el Ocaña os va a encantar.
Bon profit!
Ocaña
Plaza Real, 13 (Barcelona)
Tel. 936 76 48 14
> Curiosidades:
José Pérez Ocaña… fue un pintor y artista de performance que vivió en Barcelona en los años setenta y principios de los ochenta. Nació el 24 de marzo de 1947 en la pequeña ciudad de Cantillana (Sevilla) en una época que, finalmente, ofrecía alguna esperanza después de casi una década de guerra, primero la Guerra Civil española (1936-1939), después la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Pero fueron los placeres bohemios que ofrecía Barcelona lo que él encontró irresistible.
Ocaña se convirtió rápidamente en una de las figuras más influyentes de la “Transición” -el boom post-Franco, que ofrecía libertad a la gente que la buscaba, conocido como “La Movida”-. En 1971 se trasladó a un piso de la Plaza Real nº 12, justo al lado de donde está ahora Ocaña. En su balcón, con un altar repleto de flores dedicado a la Virgen de la Asunción, Ocaña dejaba su huella. Éste se convirtió en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad para los más transgresores, como también lo fueron sus habituales paseos por Las Ramblas acompañado de su novio y también artista Nazario.
Solía pasearse arriba y abajo agitando su abanico con un vestido vaporoso que podía alzarse descaradamente hasta revelar sus partes bajas. Ocaña causaba un gran revuelo, pero siempre fue muy querido por todos aquellos que lo veían y conocían, y contribuyó a allanar el camino hacia una ciudad más abierta y libertaria, particularmente con respecto a los derechos del movimiento LGBT (gays, lesbianas, bisexuales y transexuales).
Su muerte fue tan poco ortodoxa como su vida. En 1983 regresó a Cantillana para visitar a su familia y participar en el carnaval de la ciudad. Fiel a su estilo, Ocaña se confeccionó un disfraz de sol, utilizando papel, tela y bengalas, que prendieron fuego al disfraz, provocándole quemaduras mortales. El 18 de septiembre, una semana después del accidente, Ocaña murió en un hospital local.
La Plaza Real o Plaça Reial… surgió a modo de concurso cuando el Ayuntamiento de Barcelona anunció en 1844 su intención de intención de construir una gran plaza en el corazón del Barrio Gótico para organizar y controlar el laberinto de calles en que se había convertido el casco antiguo. El ganador fue el joven arquitecto Francesc Daniel Molina, que también había diseñado la bonita Plaça del Duc de Medinaceli, cerca del puerto. El 10 de octubre de 1848, para celebrar el 18 cumpleaños de la Reina Isabel II, se colocó la primera piedra, pero debido a varios altercados políticos, tardaron 12 años en completarla.
Una vez acabada, la Plaza Real o Plaça Reial cubría un área de 55 por 85 metros, flanqueada en cada lado por columnas majestuosas y conectada a través de tres elegantes pasajes con el Carrer Ferran y las Ramblas, el Passatge Madoz, el Carrer Colom y el Passatge Bacardi, cubierto por un tejado de cristal. De hecho, la primera cervecería de la ciudad, “Vivancos”, se inauguró aquí en 1850 y preparó el camino para la gran multitud de bares, restaurantes, salas de música y discotecas que seguirían durante los 150 años siguientes.
El joven Gaudí fue quien diseñó las farolas de seis antorchas rematadas con el dios griego Hermes que se encuentran en el centro de la plaza. Su elección de este símbolo ha sido curiosamente profética, ya que Hermes, conocido como estafador y traficante, fue adoptado como el “dios patrono” por los hombres de negocios locales. Sin embargo hacia los años 1880 casi todos ellos se habían trasladado a mansiones de la zona alta de la ciudad y la plaza entró en una rápida decadencia. Por ello Hermes se convirtió en sinónimo de un tipo de residente diferente y en los años 60 y 70 la Plaza Real se transformó en un lugar totalmente insalubre: un paraíso para ladrones, prostitutas y traficantes de droga, así como de los artistas y escritores con pocos recursos para los que este era el único lugar donde se podían permitir vivir.
La modernización de la plaza se inició a principios de los 80 con los arquitectos Correa y Milá, quienes reemplazaron las piedras rotas del pavimento, repararon la fuente, arreglaron los bloques de viviendas y sustituyeron los escuálidos eucaliptos por palmeras.
Actualmente y tras haber vivido un momento álgido durante los 90, la Plaza Real vuelve a conectar a barceloneses y visitantes por igual al rincón más vibrante de Barcelona.